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De Mar del Plata al Cirque | Diario Clarín, Argentina (30/06/10)

Por Juan José Santillán.

Nací en Mar del Plata, pero mis padres son porteños. Por eso desde chico estuve entre las dos ciudades. Recién cuando tuve que decidir qué hacer de mi vida me vine a Buenos Aires.

A los 12 años le dije a mi familia que quería actuar, después de ver a Eva Franco en “Los árboles mueren de pie”. Me impresionó muchísimo. Vi en ella algo que en aquel momento me pareció genial. Y dos años más tarde empecé con talleres de actuación en Mar del Plata, donde siempre hubo mucho laboratorio e incubación de cosas que nunca se llegan a plasmar en un escenario. Fue mi primer taller de teatro y era el único chico entre quince mujeres. Enseguida nos pusimos a actuar. Trabajábamos sobre juglares, nos proponían cosas e improvisábamos.

En la adolescencia hice también teatro antropológico. Eso me sirvió porque hablaban de un teatro que no pasaba sólo por el texto. Por más que lo sabía, fue algo clave para mí.

En el ‘93 vino un grupo inglés y dieron en Mar del Plata un taller de clown de un día. Y lo sentí como un impulso muy grande. En ese momento había en mí una energía que estaba en ebullición y en ese taller descubrí que necesitaba trabajarla. Fue fundamental porque encontré el nombre de esa energía: el clown.

Mar del Plata es Macondo, y más en la época en que me formé. Hice cosas que acá en Capital nunca me hubiese atrevido a llevar adelante.
No tuve ninguna experiencia vinculada a un maestro que me haya marcado. La técnica de clown en la Argentina no siguió el estudio del payaso tradicional, porque en la Argentina el circo no es como una institución fuerte. Se enseña un tipo de clown que llegó por un par de maestros en los ‘80 y que acá se transformó en una ideología muy extraña. Todo lo que aprendí lo pude entender cuando salí a trabajar en el Cirque du Soleil para tres mil personas.

No me desarrollé mucho en Capital. Llegué en el ´95 y en el ‘98 viajaba a Mar del Plata todas las semanas a dar clases. Un año después audicioné para el Cirque du Soleil. Ellos me llamaron porque vieron Finimondo, unipersonal que hago desde ese momento y que acá pasó inadvertido. Que me llamaran fue un incentivo muy grande, porque después de que me seleccionaron empecé a producir y trabajar un montón por mi cuenta. El 2004 fue mi último año en la Argentina y me cayó un trabajo para la televisión mexicana. Así me despedí.

Acá se forman clowns, pero no se sabe para qué. Quizá para que salga a un bar a gritar, o a un teatro a hacer lo que pueda. No tengo maestros. Cristina Moreira fue un momento de juventud, trabajé mucho con ella. Pero no me marcó. Trabajo mucho y muy a la par de los mejores. Me cuesta detenerme y fijarme en el trabajo de otro actor. Mi “maestro” siempre fue cada espectáculo que hice y la gente con la que estuve. Ese fue mi único aprendizaje.

Desde que me confirmaron en el Cirque du Soleil hasta que viajé a Montreal, pasaron cinco años. Antes de ir tenía una imagen armada de la compañía. La veía como una gran corporación y una máquina de chorizo. Pero encontré en Canadá un gran capital humano. Lo primero que hice cuando llegué a esa ciudad fue ver videos, charlar con directores. Me dieron un departamento, comida y transporte. Me dijeron: pasate una semana acá y después hablamos. Al tiempo tuve un encuentro con otros clowns y una clase muy distendida. Todo fue con muy poca tensión y exigencia. A los quince días de mi llegada tuve un primer ensayo. Fue todo muy hippie, cariñoso. Fui con la guardia en alto, porque estaba acostumbrado a Buenos Aires, donde lo más común es que te maltraten y que debas resignar cosas como artista, un montón de cosas. Ese modo de trabajo fue el gran cambio de mi vida.«