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El Susto, 1813 | A Sala Llena, Argentina (2012)

"...un elenco sólido y la dirección de un maestro en el arte de la comedia física..."

Toto Castiñeiras dirige esta comedia sombría, que transcurre en 1813, en un patio colonial, que posee un aljibe. El mismo resulta ser el punto de encuentro de un teniente, un coronel, una mujer y el susto que los ilumina y los oscurece, dentro de un relato repleto de excelentes rutinas clown y un afinado manejo corporal, producto de un elenco sólido y la dirección de un maestro en el arte de la comedia física.

Dos pérgolas de hierro son movidas hábilmente por los actores de aquí para allá: un ingenioso sistema escenográfico que permite enmarcar a los personajes en su presentación y durante toda la función. En el centro, también movible, se encuentra el aljibe maldito. El soporte sonoro que acompaña la acción se destaca por lo preciso y acorde a la estética, algo difícil de lograr sin bordear lo circense.

María es caracterizada por Mariela Acosta, quien compone un personaje fascinante: una mujer enamorada del uniforme, totalmente entregada de cuerpo y alma a colaborar con el ejercito argentino para defender a la patria. Pablo Palavecino desarrolla un magnifico teniente, que ilumina su rostro para relatar una misión que lo marcó, y poder recalcar lo instruido y enérgico del General: un genial José Luis Arias que va mutando de vestimenta como de personalidad, la cuál va saliendo lentamente a la superficie...

Se destaca la especial atención que se tuvo en cuanto al vestuario, respetando la época, con todo lo que ello implica, pero a su vez, esto es propicio para los movimientos de los actores. Otro punto que sobresale es la excelente coordinación de las luces, el soporte lumínico juega un papel importante en la obra y el esmero puesto en ello es notorio dando como resultado un efecto maravilloso.

Los tres actores toman el lema de quien los dirige: “hacer humor partiendo desde lo trágico”. Lo trabajan a grandes rasgos, logran una conexión única desde la mirada y utilizan el error como clave, yendo más allá del simple tropezón. Así, se los puede observar avanzar con el texto integrado totalmente a lo corporal de manera natural. Lo más interesante y cautivante de la pieza es poder descontextualizar el clown y la creatividad corporal, en este caso alejarlo un poco de su lugar común: el circo, y ubicarlo en una convulsionada Bs As de 1813.

Por Julia Panigazzi.

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