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El nutriente del payaso siempre es el público | El Ciudadano de Rosario, Argentina (28/04/12)

Por Miguel Passarini.

El clown Toto Castiñeiras, que integra la compañía Cirque du Soleil, habla de su unipersonal “Finimondo”.

Los entretelones de una traición conocida momentos antes de salir a escena son narrados desde la óptica de un clown. Se trata del talentoso y carismático Toto Castiñeiras, actor, director y dramaturgo marplatense que encontró en la estética del clown un mundo plagado de singularidades a partir del cual, en 1999, creó Finimondo, unipersonal de “clown trágico”, tal como lo define, con el que esta noche desembarcará en Rosario por primera vez, a las 21.30, en la sala Lavardén (Sarmiento y Mendoza), con el auspicio del Ministerio de Innovación y Cultura, luego de dictar un taller de tres días de lunes a miércoles.

En Finimondo, Castiñeiras, quien en 2004 se sumó con dos rutinas a Quidam, espectáculo de la compañía canadiense Cirque du Soleil para la que todavía trabaja, narra las andanzas de un payaso especialista en un número cómico de sombreros que pasea su circo por el mundo. Un día, minutos antes de una función, descubre una traición y elabora un plan demencial de venganza que comienza cuando el telón se abre. Así, actúa ante un público que se convierte en su cómplice involuntario.

“¿Cómo es posible que una traición al corazón pueda convertirse en un espectáculo humorístico?”, se pregunta la mayoría, y la respuesta está en el protagonista de esta historia: un clown singularísimo que se vuelve completamente loco ante los ojos del espectador.

Toto Castiñeiras, que con Quidam recorrió casi todas las capitales del mundo (“No estuve ni en Sudáfrica, ni en India, ni en Egipto, en el resto, en casi todas”, dice), mantuvo un diálogo con El Ciudadano en el que habló de su propuesta, y explicó por qué es consciente de la identificación directa que hay entre el público y su trabajo: “La gente ve reflejadas en escena todas sus imposibilidades y se ríe de eso, es inevitable”, aseguró, al tiempo que proclamó: “Hay una mirada continua, y cuando hablo de mirada no hablo sólo de los ojos, sino de un cuerpo abierto mirando al espectador. Entonces, la conexión es inevitable: se genera un diálogo y uno termina dándole a la gente, desde el clown, lo que ellos quieren. Cada público es un mundo y es infinito el trabajo, por eso siempre hay una rutina de clown famosa y un clown que hace sólo esa rutina toda su vida. Esa rutina adquiere mil formas porque siempre va con uno y cambia con cada público. Es así como en estos años he podido comprobar que el nutriente del payaso siempre es el público”.

—¿Cómo describirías “Finimondo”, un espectáculo que te acompaña hace más de una década?

—Finimondo es un espectáculo teatral; es el unipersonal que yo armé entre 1999 y 2000, y que sigue viajando conmigo y modificándose. Es un trabajo que está muy basado en el género del clown, y sin embargo, al mismo tiempo es un espectáculo teatral. Siempre digo que es muy difícil montar un espectáculo solamente usando el clown, uno tiene que apelar a los recursos del teatro. Me gusta definirlo como un espectáculo de humor trágico para adultos, y es la historia de un payaso y de este modo me meto con el género. Tiene un argumento que se desarma mucho, porque el diálogo con el público implica un intercambio muy grande, y entonces el espectáculo se vuelve bastante fracturado.

—¿Cómo describirías lo que es el clown como estética desde tu experiencia?

—Originalmente, es el humor blanco, ese que aparece en el circo, esa especie de humor del “aquí y ahora” rápido, instantáneo, entre número y número. Es la excusa para que el público se relaje y conecte con lo que pasa, para que ponga, de algún modo, los pies sobre la tierra. La gran diferencia entre el actor y el clown, es que el actor se cree un Hamlet y el clown se ríe de Hamlet: toma distancia y lo juega sin creérselo; porque el clown juega siempre con esa gran capacidad de distanciamiento.

—También se lo entiende como una especie de alter ego del actor…

—Respecto de ese tema, yo digo siempre que el clown de cada uno es autobiográfico, el clown lleva la historia de uno y va cargado del día a día de uno. De este modo, se va armando esa personalidad paralela, esa energía y ese estado que es el clown, que tiene mucho de lo que a uno le va pasando en la vida. Cuando estás frente a un payaso, tenés la sensación de que está como fuera de eje, y yo creo que es al revés: el clown está tan en eje que le cuesta formar parte de la sociedad que lo contiene.

—¿A qué te referís específicamente cuando hablas de “clown trágico”?

—Para mí, básicamente, el clown está ligado con la desgracia: son las zonas un poco ridículas y por lo mismo más vulnerables de cada uno, esas zonas desgraciadas; y entonces, el clown se hace cargo de su sobrepeso, su poca o mucha altura o su sobreexcitación o lo que sea, pero siempre es sobre esa lupa tan personal. Y es trágico porque, en el caso de Finimondo se cuenta algo que si bien no es triste, es inevitable como en toda tragedia, donde el clown va recibiendo datos de una traición, que lo llevan, al final del espectáculo, a tomar una decisión tan definitiva que está ligada con la muerte.

—En toda traición, por lo general, la prehistoria es una historia de amor ¿Aquí se cumple con esa norma?

—Sí, hay una historia de amor que es la que termina en traición, y todo esto sucede en el mundo del circo, detrás de la pista, como en una especie de camarín de una carpa, donde se genera un mundo de personajes imaginarios que están detrás del telón. Es un momento clave: el payaso termina de prepararse para salir al ruedo, mientras permanece en ese mundo tan privado e interno; es ese momento del espejo, donde el artista, mirándose, se pregunta: “¿Qué estoy haciendo acá?” o “¿Por qué me meto en esto?”, y de ahí salta a la exposición más rotunda. Este personaje, precisamente en ese momento clave, se entera de algo que no puede dejar pasar, es una historia que debe resolver, y en ese preciso momento es donde acciona la tragedia, cuando recibe un llamado que cambia su realidad.

—¿Cómo llegaste al Cirque du Soleil y te convertiste en una de sus figuras?

—Tuve la suerte de que en 1999, cuando el circo aún no llegaba a Buenos Aires, un grupo de personas pertenecientes a esa compañía viajara para ver cómo estaba la historia del clown y del circo, y se encontraron con un montón de espectáculos, entre ellos Finimondo, que para mí fue el espectáculo que se convirtió en mi puerta al mundo, mi palabra personal y lugar de juego. Entonces me fueron a ver, filmaron mi rutina y a los dos meses recibí una carta de invitación para formar parte de un grupo con un cierto potencial creativo, una especie de banco de datos que siempre es el germen de un espectáculo. En realidad, no tenía ni idea de lo que era el Cirque du Soleil, porque nunca terminé una clase de circo completa, no soy un bicho de circo, no sé hacer una vertical. En ese momento me preguntaba qué querían de mí, porque veía el video de Saltimbanco y no entendía dónde podía encajar yo. Pasaron unos cinco años de idas y venidas, hasta que en 2004 me convocaron específicamente para suplantar las rutinas de Quidam, ocupando el lugar que dejaban tres payasos franceses muy tradicionales. En quince días propuse mi rutina y enseguida me mandaron a la pista. Hoy siento que me fui enterando de qué era el circo en el escenario. Ahora todo cambió, incluso en 2004 mi rutina duraba 20 minutos y ahora dura 9.

—Y qué vino después…

—Fue un momento en el que sentí que confiaban en mí, y entonces se vino una etapa de mucho cambio, investigación y aprendizaje. En este momento estoy supervisando rutinas, dando talleres y tomando audiciones por el mundo. Y en un presente no muy lejano, quizás trabaje en una asistencia de dirección para concebir rutinas de clown y ése es el camino que se me va abriendo. De todos modos, siempre, a la par de lo que hago en el Cirque du Soleil, tengo mi Finimondo, mi Buenos Aires, mis amigos, mi casa y mi familia