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Soy Unica | Diario La Nación (02/12/2011)

Renata Schussheim habla sobre su muestra "Estado de Gracia", para la cual la artista realizó varios retratos de Toto.

Por Natalia Blanc.

Foto: Andrea Knight

" Soy única", dice Renata Schussheim para dejar en claro que detesta los encasillamientos. La artista se ríe con ganas y cuenta uno de los comentarios que recibió sobre Estado de gracia , su última muestra: "La directora de una galería donde expuse hace muchos años me dijo que le había gustado la obra porque no se parece a nada. ¿Viste? Soy única".

La carcajada despierta a las dos perras, Lacan y Zelda. La siesta de las mascotas (una blanca y la otra negra) será interrumpida en varias oportunidades por la risa de su dueña y por las intervenciones de Lorito y Truman. Los loros, que aparecen en algunos dibujos de Schussheim, permanecerán en otro cuarto durante la entrevista. De vez en cuando se harán escuchar. Renata jura que fue ella quien les enseñó a hablar.

El mundo de la artista está poblado de animales, sonidos y colores. En el living de su departamento de Barrio Norte, donde vive sola con las perras y los loros, se ven libros, papeles, objetos de distintos materiales. Sobre una repisa, cerca de la puerta, sorprende una colección de zapatos en miniatura. Hay también postales y catálogos de Estado de gracia . No hay, en cambio, dibujos, bocetos ni restos de pintura. Y no es casualidad. Renata es celosa de su obra. No le gusta mostrar sus trabajos en construcción y no permite que espíen el estudio donde dibuja y pinta. Sus manías y obsesiones (la puntualidad, la exigencia, la dificultad para delegar) son famosas en el ambiente del teatro, donde hace diseño de vestuario y escenografía. "El momento creativo, para mí, es sagrado. También, solitario. A veces, cuando vienen a filmar para algún programa de televisión, me piden que dibuje. Lo odio. Yo no dibujo delante de nadie. Es un ritual íntimo que no me gusta compartir", dice muy segura, sin perder la sonrisa.

-¿Cómo es ese momento que llamás sagrado?

-Silencioso. Antes trabajaba con música. Como soy obsesiva, si me gustaba un tema, lo pasaba horas y horas. Ahora me distrae todo, hasta la música. Necesito trabajar en silencio.

-Te declarás obsesiva. ¿Hacés y rehacés los dibujos?

-No tanto. Si algo no me convence, no lo tiro. Lo dejo descansar. Tal vez al otro día me gusta. Sí soy de borrar y buscar hasta que encuentro. Me gusta mucho ese proceso. Es placentero. Hacer una obra es como una aventura.

-¿Alguien ve tus trabajos antes de que estén terminados?

-No, nadie. No me gusta mostrar la cocina.

-¿Cómo sabés cuándo están listos?

-Lo sabés. Cuando llega el momento, lo sabés.

Renata no sólo aborrece la mirada intrusa en su lugar de trabajo. También es enemiga de las etiquetas y clasificaciones: "No me puedo definir, pero si tengo que hacerlo, digo que soy una artista multimedia". Su carrera se construyó sobre dos pilares interrelacionados: la plástica (además de dibujar y pintar, hace esculturas e ilustraciones para libros) y el diseño de vestuario para ballet, ópera, teatro y conciertos de rock.

Cinco años después de Epifanía , una retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes, el 31 de octubre inauguró Estado de gracia . En la muestra, que se podrá visitar hasta fin de año en la galería Mundo Nuevo (Av. Callao 1870), Schussheim presenta obra nueva: quince pinturas y quince dibujos realizados sobre fotos impresas en tela. También, una serie decollages en miniatura, armados dentro de pequeñas cajas, que había exhibido en Bellas Artes. Es la primera vez que dibuja retratos a partir de fotografías.

La noche de la apertura, por los pasillos de la galería, Charly García (con saco colorado y pelos alborotados acaparó los flashes), Quino, Rogelio Polesello, Miguel Brascó y Víctor Laplace (ex marido y padre del único hijo de Renata, Damián, a quien tuvo a los 21 años) se cruzaban con Patricio Contreras, Leonor Manso, Joaquín Furriel, Oscar Martínez, Lino Patalano, Mariana Arias, Nora Lezano y José María Muscari, entre muchos otros invitados. Dos días después del vernissage , Renata está contenta y más relajada.

-En la inauguración uno está muy excitado porque ves aparecer gente de diferentes momentos de tu vida; todo te produce una gran exaltación y no parás porque llega uno atrás de otro. Que estén Quino, Brascó y el Lolo Amengual juntos fue una fuerte emoción.

-¿Lográs disfrutar?

-Eso no me da tanta timidez porque es una reunión social. Pero sí después, cuando la gente va a la galería a mirar la obra. En la inauguración, en general, me pongo tan nerviosa que tomo demasiado champagne y en un momento ya no sé quién está y quién no. Esta vez me propuse controlarme y lo logré. De todos modos, en algún momento la cantidad de gente sobrepasa. Pero tuve la buena idea de hacerlo filmar para ver realmente cómo fue.

-¿Qué sentís cuando la gente mira la obra?

-Me pongo tímida. Voy a la galería, pero siempre me escondo en algún lugar. No estoy en la sala. No quiero ser testigo. Para mí, es como cuando alguien mira a una persona que está durmiendo: la sensación de que se viola la intimidad es la misma. Mi intimidad está expuesta en las paredes. Yo elegí hacerlo. Por algo se llama muestra, exhibición. Así y todo, necesito un resguardo. Me encanta que me digan qué les pareció. Pero no me gusta estar en el momento de la mirada.

-¿Cómo recibís las críticas e interpretaciones?

-Las devoluciones me hacen feliz. Me completan. A algunos la imaginación se les dispara hacia lugares que ni se me hubieran ocurrido. Por eso, cuando la gente pregunta o tiene necesidad de encasillar o justificar qué es o qué quise decir, yo respondo: "No importa". A veces lo sé y a veces no lo sé. Lo importante es cómo completan los demás la obra, qué proyecta uno y cuál es la película que tiene el otro en la cabeza. De eso se trata.

-¿Por qué se llama Estado de gracia ? ¿Tiene que ver con el proceso de creación?

-Sí, tiene que ver con eso.

-¿Es un estado que alcanzaste en esta etapa?

-Sí, pero es algo que ya viene... Si te fijás en los títulos de mis muestras, vas a ver que ese estado se va acercando: la primera de las grandes se llamó Confidencial ; la segunda fue Travesía ; la tercera, Nave ; después, Epifanía , y ahora, Estado de gracia . Se va haciendo foco, se va iluminando.

-¿Esos títulos reflejan distintos momentos de tu vida?

-Sí. Ahora estoy más reflexiva. Pero siempre lo más placentero para mí es el trayecto: tener una idea y hacerla. Entonces es cuando aparecen, cual Campanita de Disney, breves momentos de una intensa felicidad y agradecimiento. El estado de gracia es un segundo de plenitud.

-En el caso de esta muestra, ¿cómo fue el trayecto?

-Todo empezó hace un año, cuando la galería Mundo Nuevo me convocó para exponer. Eso a mí me funciona porque es un disparador. Pusimos una fecha, octubre, que me gusta mucho porque es el mes de mi cumpleaños y es la primavera. Tenía ganas de dibujar en tamaños más grandes. Comencé a trabajar con una idea que quería probar: pintar sobre fotos. El fotógrafo Gianni Mestichelli se encargó de hacer los retratos en blanco y negro. Yo necesitaba una base neutra porque iba a poner colores y no quería que la obra quedara recargada. La primera tela la arruiné porque tenía mucha ansiedad y usé mucha pintura de golpe. Tuve que empezar más lentamente.

En los cuadros aparecen retratados varios amigos de Schussheim; entre ellos, Jean-François Casanovas, a quien conoció en Madrid en 1976. Para los espectáculos del grupo Caviar, Renata diseñó vestidos, disfraces, pelucas y calzado.

-A Jean-François siempre lo dibujo, desde que lo conozco. Pero también está Toto Castiñeiras (un payaso argentino que integra el Cirque du Soleil); un amigo periodista (al que llaman Gandhi); un iluminador y yo misma. Me encantó hacer mi autorretrato. En un momento pensé que iba a fotografiar a más gente y después vi que con ellos estaba bien. Me dieron muchas ganas de dibujar y por eso comencé la serie con los nacimientos renacentistas, que siempre tienen al niño como objeto. Me metí en ese mundo.

-Igual siguen presentes los cuerpos humanos con cabezas de animales.

-Sí, uno es un obsesivo y las obsesiones no se van de un día para el otro. Eso surge al pintar. A veces digo: "Basta, ya está, no dibujo más una corona de rosas para nadie". Mentira. Pasan cuatro años y vuelven a aparecer. No podés pelearte con esas cosas.

-Las cajitas de collages tienen simbología religiosa. Hay estampitas, santos, vírgenes. ¿De dónde surge ese mundo?

-En esta galería hay una pequeña salita, que me pareció ideal para estas cajas, que son de la muestra del Bellas Artes. Las figuritas son de maquetas. Hace poco estuve en Oviedo, donde encontré una casa de maquetas y barrí con todo porque no hay en muchos lugares. La búsqueda de imágenes es lo que más me entretiene. Lo de las estampitas surgió como una exploración. Después seguí con el tema de los pájaros en dimensiones grandes y con las playas desoladas con gente que camina, que viene o se va; no sabés si vuela o se cae: ésa es la duda. Ésos son mis sueños. Yo sueño esas cosas. No me ando con paparruchadas.

Renata levanta la voz para decir "paparruchadas" y las perras vuelven a despertar. Suben la cabeza, la miran, reciben una caricia y continúan con su siesta. Lorito y Truman, en esta escena, no participan.

-¿Qué hacés con las imágenes de tus sueños? ¿Las llevás enseguida al papel o quedan en tu cabeza?

-Quedan en mi cabeza y, en algún momento, emergen del inconsciente. El tema de las dimensiones siempre estuvo en mi obra, desde que empecé. Creo que desde El laberinto , mi primera muestra a los 15 años, donde había retratos con hombres chiquititos que salían por las orejas y la boca. Durante muchos años dibujé hombres chiquitos que lanzaban flechas. Es una temática que está presente, con variantes de imágenes.

-¿Trabajás según la inspiración o tenés un método, una rutina?

-De golpe se me ocurre una idea y la anoto. Pero tomo la decisión de ponerme a trabajar. Cuando tenés la hoja en blanco, al principio tu idea se dispara, cambia, y eso es fantástico. No es que tengo una idea y eso es lo que voy a plasmar. Ahí se arma algo que se empieza a bifurcar.

-¿Dibujás todo el tiempo?

-No. Me tengo que plantear: hoy dibujo. Agarro la agenda y tacho el día. Cuando tengo fecha de apertura, eso me hace bien porque me disciplina, me obliga a trabajar. Para esta muestra tenía un año entero, pero me salieron proyectos de teatro, así que viajaba, volvía, pintaba, paraba...

-¿Podés hacer todo a la vez?

-Sí. Debería decir que no, pero sería una mentira.

-¿Por qué deberías decir que no?

-Porque se dice que uno necesita concentrarse... Yo hago muchas cosas al mismo tiempo y me doy cuenta de que, por más que me quejo, porque me quejo, hago mucho a la vez. Cuando tuve la muestra en Bellas Artes, había pensado tomarme un año sólo para eso. Pero me salió un trabajo en París: El cantor de México , un espectáculo divino con Rossy de Palma que tenía ganas de hacer. Fue mi primer trabajo en el teatro Châtelet de París. Volví a Buenos Aires y a la semana estaba entrando en el museo para inaugurar la muestra. Como soy muy maniática, había dejado todo listo antes. Y ahora también. Llegué hace poco de trabajar en Asturias. Antes de irme había entregado todos los cuadros para enmarcar. La sola idea de volver y no tener el tiempo necesario... o que se inunde la casa del marquero con mi obra adentro... lo que sea... Me manejo con tiempo y me quedo tranquila. Como siempre digo: hay que caminar diez pasos más adelante.

-Tus muestras tienen una puesta teatral, por las luces, la música, la ambientación...

-Siempre. Igual, por más que tengas una idea previa, cuando llegás al lugar, cambia todo. En este caso estaba muy preocupada porque la galería tiene un carácter de casa. No es neutra. Pero creo que de alguna manera eso me ayudó. También me preocupaba mezclar dos propuestas tan distintas como las pinturas sobre fotos y los dibujos: pensaba si tenía que juntarlas o no. Pero todo se interrelacionó maravillosamente. Llamé a Roberto Traferri, que es iluminador de teatro y sabe cómo me gusta ver los cuadros, para que hiciera la puesta de luces. Damián, mi hijo, hizo la música. Antes le había mostrado la obra. Cuando escucho lo que compone, me siento representada. Yo quería una melodía que no fuera empalagosa. Lo ideal, que en general sucede, es que hace lo que yo sueño. Tenemos una sintonía muy parecida.

-¿Cómo te llevás con el mercado de arte?

-No me llevo. Ése es un trabajo de cócteles, de hacer sociales, y yo no tengo tanto tiempo porque a mí el teatro me saca muchísima energía.

-¿Tu sostén económico pasa por el teatro?

-Más por el teatro que por la pintura, y por cosas intermedias donde se mezclan plástica, eventos, moda. Soy abierta y entonces tengo más perspectivas. Como nunca fui una artista clásica de galería, de hacer muestras cada tanto y conocer gente, y presentarme a un premio... En mi vida me he presentado a un premio. La sola idea de que me comparen con otras personas, me juzguen... Pará, Lorito. ¡Cómo habla!

Los loros interrumpen a Renata y esta vez son ellos quienes despiertan a Lacan y Zelda.

-¿Esa parte del trabajo artístico no te interesa?

-Es otro trabajo y hay que saber hacerlo. Tendría que haber encarado todo de otra manera. Igual me relaciono. Pero, por ejemplo, en la Bienal de Venecia un coleccionista y el director de un museo me dieron sus tarjetas y las tengo ahí. No me moví. Nadie dejaría pasar esas oportunidades. Conozco gente que lo primero que hace es mandar un mail. Yo, después de recolectar tarjetas varias veces, pasado un tiempo, las tiro porque si no me conecté enseguida, ya no creo que lo haga.

Este año, Schussheim integró la delegación de artistas argentinos que fueron invitados por la cancillería para representar al país en la Bienal de Venecia.

-Fue la primera vez que viajé como representante del país. Era un grupo muy ecléctico: había de todo. Y eso está muy bien. Me encantó ir. En la bienal no vi tantas cosas. Como era la primera vez que iba, tenía una fantasía de que iba a ver más cosas que me deslumbraran. No fue así. Hay mucho igual. Mucha foto, mucha instalación precaria. No vi un artista que me sorprendiera con su obra.

-¿De qué habla eso: del estado del arte actual o de los artistas que acceden a ese tipo de ferias?

-No lo sé. Yo creo que hay cosas interesantes, pero hay modas. Sentí que prima mucho el ingenio. "Mirá cuán ingenioso que soy." Entonces es más una kermés que una bienal. Yo quiero algo que me movilice, que me conmueva. El comentario más escuchado fue "qué ingenioso". Igual fue genial ir y conectarme con gente que no conocía. Por ejemplo, Marcos López. Conocía su obra, pero a él no. También a otros colegas como Eduardo Stupía o Daniel Santoro, me encanta lo que hacen.

-Viajaste como representante de los artistas argentinos. ¿Te sentís representante del arte nacional?

-Sí, totalmente.

-¿Qué estilo o corriente representás?

-No lo puedo definir. No soy un tipo de persona que hace una pintura que uno reconoce que es argentina. No sé con quién compararme. ¿No te dije que soy única?

A diferencia del trabajo para el teatro, que aprendió sola, por prueba y error, en la plástica Schussheim recibió una formación tradicional, de taller y academia. De niña, estudió dibujo con Ana Tarsia. Ya adolescente, fue alumna de Carlos Alonso.

-¿Qué aprendiste de tus maestros?

-Me encantaba dibujar y mi madre me estimuló para que siguiera. A los 9 años me llevó a estudiar con Ana Tarsia. Ahora tiene como 80 años y está espléndida. Estuvo en mi inauguración. Hace poco fui a una exposición suya y no sabés la vitalidad que tiene. Ella me enseñó algo que le agradezco muchísimo, que es la técnica: cómo pintar un degradé, qué mezclar, cuánto de agua y cuánto de materia si pinto con témpera; cosas que parecen elementales pero que no lo son y que yo utilizo hasta hoy. Hacía trabajos que se llamaban maraña: dejabas ir el lápiz sobre el papel, y de eso empezás a extraer cosas. Tengo un dibujo de los 9, 10 años, con un fondo de témpera hecho en degradé que no lo puedo creer, con las sombras proyectadas y todo.

-¿Y Alonso?

-Lo conocí a los 13 años. Alonso me revisaba lo que yo hacía en mi casa. Le llevaba mis dibujos y me corregía: me preguntaba por qué había hecho así una oreja; me decía que la observara mejor. Me enseñó a mirarme en el espejo para pintar. Tiene una facilidad para dibujar que yo no tengo. Tiene un gran conocimiento del cuerpo, siento que le fluye. Yo tengo que mirarme en el espejo porque algunas cosas me detienen.

-¿Por qué mirarte en el espejo cuando podrías tener un modelo vivo como en Bellas Artes?

-Porque tener un modelo me molesta. No me gusta dibujar con gente. Es un momento de mucha intimidad. El espejo me sirve para no tener que compartir ese espacio. Además, ves los pliegues de una tela, cómo caen, o cómo es un músculo. Con la gente que me gustaría retratar, recurro a la foto porque también me pone tan nerviosa tener a alguien sentado para dibujar que no lo hago. Esta técnica de dibujar sobre fotos me viene bárbaro. Pero a veces aparecen caras que me dan ganas de dibujar. Entonces le pregunto a la persona si puedo sacarle una foto.

-Pasás sin problemas de la soledad del atelier a la energía grupal del teatro. ¿Qué placeres encontrás en cada actividad?

-Lo más placentero del teatro es que es un trabajo en equipo. También es cierto que después de un período de teatro, desesperadamente quiero volver a estar sola. Pero me da mucha energía relacionarme con la gente, conocer no sólo a los creadores de la parte artística, como los escenógrafos o el director, sino también al sastre, a las modistas. Es gente a la que le gusta el teatro, que lo conoce y te cuenta anécdotas de otras épocas. Es una parte muy entretenida. Después está toda la excitación de hacer algo en conjunto. Hay cosas que uno no se imagina que se pueden llegar a acomodar para el estreno. Siempre se dice que a Dios le gusta el teatro y por eso las cosas siempre salen. Parece que no se llega, y de golpe las cosas se acomodan y se llega.

-En el teatro las decisiones dependen de otros: el director, el autor, el productor. ¿Te pesa ese contraste con la libertad que imagino que tendrás pintando?

-Sí, pero cuando pinto también tengo mis condicionamientos. Mi cabeza no para nunca. Libertad tengo, pero pesa la autocrítica. Más cuando algo no sale o pasé un tiempo largo sin dibujar y me siento dura, que perdí el training . Después me recupero.

-¿Cómo empezás un diseño de vestuario?

-Es todo un proceso. Empiezo con bocetos, figurines. Después viene una etapa de producción: la búsqueda de las telas, los materiales. De eso me ocupo yo. Luego viene el encuentro con los realizadores de calzado, ropa, pelucas, con los maquilladores. Después viene un pequeño período de relax, mientras lo están haciendo, hasta que empiezan las pruebas, ahí estoy presente también. Siguen los ensayos pregenerales, donde ves todo lo que soñaste arriba del escenario. Después, el general y el estreno.

-¿Qué fue lo más complicado de resolver desde tu primer vestuario en 1970 para un espectáculo de Oscar Araiz?

-El ballet siempre es lo más difícil. Lo primero que hice fue Romeo y Julieta , de Araiz. Y me equivoqué en grande porque usé telas pesadas. El bailarín Freddy Romero, que hacía de Tibaldo, siempre me decía que él había sido mi conejillo de Indias. Yo le había puesto unas calzas, más un vestido, un tapado con mangas de piel, un sombrero de goma pluma. En una escena con muchos saltos, cuando salió del escenario cayó desmayado por el calor. Doris Petroni, que hacía de la madre, tenía una capa con piel de verdad, piel de chivo, y no sabés lo que pesaba. ¡Pobre mujer! Ahora, en general, tanto en ópera como en teatro, me agradecen por lo cómodo que es mi vestuario. Les digo que aprendí con la danza.

Además de trabajar con Araiz y Casanovas, Schussheim diseñó el vestuario de espectáculos de Julio Bocca como Kuarahy y Adiós, hermano cruel . En teatro participó en Cabaret , Pepino el 88 , Atendiendo al Sr. Sloane y Antes de que me olvide , de Enrique Pinti, entre muchos otros. En España fue vestuarista de una versión de Romeo y Julieta estrenada en el Teatro Principal de Valencia; de las puestas de Lady Macbeth y El barbero de Sevilla en el Teatro Real de Madrid; y de Edipo XXI en el teatro Grec de Barcelona. En París, trabajó junto con Emilio Sagi en la opereta El cantor de México .

A todo eso le suma su acercamiento al mundo del rock, con la ambientación de shows de Charly García. Entre ellos, la presentación de Piano Bar en 1984. "En todos los trabajos que hice con Charly había que ver el armado del escenario, la gráfica, la imagen. Y además, la ropa. Para esos conciertos yo quería que Charly usara gomina. ¡Lo que me costó lograr eso! Fue una pesadilla", recuerda.

En 2012, Renata tiene confirmado un trabajo para la ópera de Chile. "Vuelvo a diseñar para Sagi, esta vez para su puesta de Carmen . La quiere plantear como si fuese cine, así que tiene que ser muy verosímil. La realización se va a hacer en Madrid, en marzo o abril. Ya hice Carmen , con Laura Yusem, en el Teatro Colón. Pero era más folklórica. Ésta es un desafío. Tengo que trabajar hasta con los peinados". Entre sus proyectos está también un espectáculo teatral en Buenos Aires, del que no quiere adelantar mucho porque todavía no está cerrado el trato. En cuanto a la plástica, después de los retratos y figuras humanas de Estado de gracia , Schussheimquiere volver a pintar paisajes.

-Tuve un pequeño período, en el que pinté un lugar, que era siempre el mismo. Le había sacado una foto. Es como un bosque con un agujerito que no se sabe a dónde va. Ahora tengo ganas de pintar algo que no sean personas y que no tengan la carga personal de esta muestra. Además, el año que viene me gustaría hacer una instalación en un espacio que tengo que definir. No estoy en blanco. Sé lo que quiero hacer. Pero es difícil de explicar.

-¿Por qué una instalación?

-Porque es un ámbito, es otra cosa, es como entrar en una película y salir. Tiene otra narrativa, otra historia.

-En una entrevista dijiste que tu obra es literaria. ¿Cómo es eso?

-Cuenta cosas. Yo no escribo: pinto. Pero hay una historia. Por eso lo que hago está muy mezclado con lo literario. No estoy pintando un lienzo rojo con una mancha verde. Hay narración: hay historia, hay personajes.

-¿Seguís con las ilustraciones para libros?

-Me encanta. Me interesan el mundo editorial y el libro como objeto. Ilustrar es algo muy estimulante. Durante un año ilustré Decamerón de Bocaccio para Página/12. Ahora tengo una posibilidad que me tiene bastante excitada. Me llamó una amiga que es editora en Chile. Ya le propuse algo: ilustrar un texto maravilloso de Marcel Schwob. Es un trabajo que me gusta mucho.

-¿Hay algo en especial que te gustaría ilustrar?

-"La sirenita", porque es un relato tremendo. No como la pinta Disney sino el verdadero cuento de Andersen. Tengo más ideas flotando pero prefiero no contarlas.

Para la producción de fotos que acompañan la nota, Renata hizo una excepción: cambió sus habituales prendas oscuras por un vestido azul eléctrico y una chalina violácea. Eso sí, mantuvo el colorado furioso de su pelo, que la distingue desde hace años. "Yo me visto de negro, me quiero sentir cómoda. No tengo mucha energía para producirme. El día de la inauguración de la muestra me puse una chaqueta negra que diseñé yo. Tenía un corazón muy antiguo bordado con hilo de oro y mandé a bordarle unos rayos con canutillos. Quedó toda la espalda bordada en dorado, a partir del corazón. Ése fue un diseño mío. Algo así no voy a encontrar en ningún lado. Pero no es algo que haga muy a menudo. Me agota."

Recién ahora, casi dos horas después, Lacan y Zelda terminan su siesta. Se paran, se estiran y permanecen calladas. Lorito y Truman, en cambio, hablan. Desde el cuarto de al lado se escucha: "Renata".