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Agujero Negro | Por Federico Irazábal, Los Inrockuptibles, Buenos Aires (Septiembre 2012)

"... una experiencia altamente sensorial, guiada por unos actores descomunales..."

Figura destacada del Cirque du Soleil, Toto Castiñeiras monta alrededor de un aljibe una comedia oscura y sugestiva sobre la Buenos Aires de 1813.

Aquellos que conozcan la trayectoria de Toto Castiñeiras podrán encontrar en El Susto, 1813 a o mejor de su estética habitual puesta al servicio de un espectáculo que se permite ser otra cosa. Ya el título exuda historia argentina, muy lejos del carácter onírico pasteurizado del Cirque du Soleil. Y es así. La pieza se ubica en la ciudad de Buenos Aires, más poblada de barro que de personas, y con una sumatoria de intrigas que dan una imagen profundamente extrañada al territorio.
Ante este panorama argumental, probablemente no haya un director mejor que Castiñeiras para jugar escénica e interpretativamente con esas dimensiones. Porque aquí el juego consiste en lograr que sus actores –Mariela Acosta, Pablo Palavecino y José Luis Arias- lleven a cabo un juego escénico lejos del realismo, que se apoya en el uso del cuerpo, de la repetición y de una expresividad permanentemente ambigua e introduzcan al espectador al mundo de esas noches de principios del siglo XIX en donde el susto emerge de ese aljibe amenazante. Y no es casual que el director haya elegido este objeto; sus representaciones icónicas en libros de historia han hecho del aljibe un objeto imprescindible de nuestro patrimonio cultural, legado de la herencia española atravesado por lo árabe. No es casual, entonces, que el elemento trágico de la pieza emerja de allí para atemorizar a los dos hombres que participan del clima revolucionario. Casi como si ese fuera el gran sino trágico de una cultura atravesada por la violencia.
No es conveniente dar más elementos argumentales porque en buena medida todo aquello que el espectador interprete estará más asociado con su capacidad hermenéutica que con algo efectivamente dicho desde el escenario. Si el espectador busca un texto que lo conduzca por el sutil juego del sentido, este espectáculo no es para él. Aquí se trata de ir a trabajar junto con los actores para poder interpretar y dar sentido a cada una de las secuencias de acciones físicas y vincularlos con la línea argumental sin olvidar a su vez que todo lo que el espectador conozca sobre la ciudad de Buenos Aires de entonces jugará como ayuda –y como obstáculo. Porque si uno quiere encontrar un retrato del espíritu independentista que la escuela nos vendió, con seres pulcramente retratados en estampitas, la desilusión será instantánea. Aquí la oscuridad, brillantemente lograda por una puesta de luces sombría y frágil, exige dejar de lado lo conocido y lanzarse a una experiencia altamente sensorial, guiado por unos actores descomunales que entienden perfectamente el lenguaje de Castiñeiras y que pudieron interpretar y componer personajes distinguibles entre sí pero extrañados con relación al referente.

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