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El Regreso del clown | Diario Clarín, Argentina (14/02/2005)

Es marplatense y lleva 10 meses en gira con el Cirque du Soleil. Ya sueña con el asado, el mate y el dulce de leche.

Se lo escucha tranquilo, pero hace tres días que no duerme, tiene taquicardia, pierde la calma pensando en un asado, y ni hablar del mate y el Chimbote. Guillermo Toto Castiñeiras está por venir de visita a la Argentina después de diez meses de gira con el Cirque du Soleil: anduvo por Vancouver y Calgary (Canadá), Sidney y Brisbane (Australia), ahora está en Auckland (Nueva Zelanda), y después lo esperan Singapur, Malasia, China, Estados Unidos. Enorme recorrido para un humilde clown marplatense.

Olvídense de risotadas, chistes gruesos, golpes payasescos. Toto —se pronuncia Totó, pero él lo escribe sin acento— se define como "clown trágico". "Nunca dejé de usar la nariz de clown; sin embargo, mi trabajo era más teatral. La gente iba a ver el espectáculo con chicos y de repente se encontraba con una persona desnuda en el escenario, o un personaje buscando cómo suicidarse, o un tipo hablando de la infidelidad. Aunque, como dice David Shiner, uno de mis maestros, generalmente las cosas más tristes y desesperantes te llevan a hacer algo gracioso. Una persona se cae en la calle y es una desgracia, pero también resulta gracioso".

Toto dice que, entre sus amigos y familiares, siempre fue "el bichito, el monito, el cómico". Y que siempre quiso actuar. A los 14 años ya deambulaba por talleres y hacía funciones callejeras en Mar del Plata; después estudió más seriamente y, cuando decidió mudarse a Buenos Aires, sabía que era para formarse específicamente como clown: a la par que participaba en distintos espectáculos, estuvo dos años con Tony Lestingi y con Cristina Moreira. En eso andaba, cuando en el 99 gente del Cirque du Soleil llegó a la Argentina a tomar audiciones. Quedó seleccionado, pero pasaron cinco años sin muchas novedades, hasta que el año pasado tuvo que viajar a Montreal para un casting final entre cuatro clowns. Así, en marzo quedó oficialmente incorporado a la compañía que hace 21 años fue fundada por un grupo de artistas callejeros canadienses y ahora tiene ocho espectáculos por el mundo, con una facturación anual calculada en 250 millones de dólares anuales.

Toto participa en Quidam; es el único argentino y, salvo por un saxofonista cubano, el único que habla español. Tuvo que perfeccionar su inglés a la fuerza, y también está en vías de aprender francés y chino ("hay cuatro chinas de 10 a 12 años, y lo más divertido que se puede hacer en el backstage es jugar con ellas").

Aun sin carromatos ni carpa ni animales enjaulados, vive la vida de un auténtico cirquero: "Es estar todo el tiempo volando, armando y desarmando valijas y adaptándose a diferentes públicos. Es alucinante cómo, con un número de clown, a través de los espectadores, vas conociendo a cada sociedad y cada ciudad". Dentro del show, él tiene dos rutinas de veinte minutos: llega a hacerlas diez veces por semana ante tres mil personas por función.

Sabe que está en "un lugar de gracia, porque ningún circo tiene esta capacidad y está lleno siempre", pero, aunque tiene contrato hasta fines del 2006 y está preparando nuevos números para presentar, ansía volver a Buenos Aires a mostrar sus trabajos personales —tiene decidido presentar Finimondo, que ya hizo durante cinco años, y Catcha, en pleno armado—, algo que se le hizo cuesta arriba antes de esta experiencia. "En Argentina hay mucho desconocimiento del clown", comenta con más tristeza que resentimiento. "Son pocos los grupos, como en los 80 el Clú del Claun o después La Banda de la Risa, que trabajan con el género y son aceptados. Al clown se lo ve como algo menor dentro del teatro; se lo relaciona con los chicos, con el payaso primitivo. Es toda una confusión".



Pero si volvés, vas a tener esa siempre admirada chapa de "argentino que triunfó en el exterior".

No me gusta eso de las "chapas". Seguro que voy a tener un poco más de plata y eso me va a calmar, pero voy a trabajar como antes. Siempre me apasioné mucho e hice lo que quise en cada momento, aunque comiera albóndigas durante meses o no tuviera para pagar el alquiler. Y voy a seguir siendo clown y seleccionando mis trabajos; en definitiva, calculo que ser coherente y selectivo me trajo a este lugar.

¿En qué medida te identificás con el mito del payaso triste, el del cómico que fuera de la escena es un depresivo?

El del clown es un trabajo muy solitario, por eso se lo asocia a la tristeza. Es uno con su material frente al público; es muy difícil encontrar dúos o tríos que hayan hecho carrera. Uno está creando solo y tiene el vértigo de la improvisación, y esa situación puede llevarte a la desesperación. Además, yo soy triste, nostálgico y melanco por ser argentino. Soy una persona que tiende a la tristeza, no lo puedo evitar. Pero hay veces en que estás realmente triste y cuando salís a escena son los días de más euforia. Es una contradicción interesante: uno está en estado de desgracia y provoca las mayores alegrías en el público.

Por Gaspar Zimerman.