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Ya estuve mucho en la pista de circo | Página 12, Buenos Aires (02/05/16)

Por Cecilia Hopkins

Escrita por el mismo Castiñeiras, Gurisa es una obra para seis actores travestidos de mujer cuyos personajes son arquetipos femeninos de la historia argentina. Así, con la esclava, la paisana, la cautiva y la terrateniente, entre otras, Castiñeiras fue tejiendo “un culebrón que habla de un amor clandestino, de traiciones y hurtos. Además, habrá una pampa iluminada con la luz individual que llevará cada actor: “la lejanía me volvió empático con los recuerdos y con la historia argentina”, dice el director y actor, que espera estrenar este trabajo en agosto en El Portón de Sánchez.

Fueron 11 años consecutivos los que el clown y actor marplatense Toto Castiñeiras pasó con el Cirque du Soleil. Y si bien aún está por decidir una futura reinserción en la troupe canadiense, Castiñeiras se entusiasma por el hecho de haber vuelto al país “para probarme a fondo en la dirección de espectáculos y para actuar yo mismo”, según cuenta en la entrevista con Página/12. “Estuve en la pista del circo mucho tiempo y creo que se cerró un ciclo”, afirma a la vez que define como “neurótico y esquizofrénico” el viajar permanentemente para compartir un corto tiempo con familia y amigos. Y ensayar, además, algún espectáculo cuyo estreno, por fuerza, se retrasaba siempre más de lo conveniente. Desde que volvió a instalarse en Buenos Aires, hace unos meses, Castiñeiras está abocado a su tarea docente, se encuentra ensayando Gurisa, una obra de su autoría (ver aparte) y acaba de estrenar una versión de Las de Barranco, obra de Gregorio de Laferrère en el ciclo Teatro Bombón que puede verse en La casona iluminada (Corrientes 1979), antigua residencia hace unos años convertida un espacio teatral.

El ciclo presenta en forma simultánea varias obras breves que tienen lugar en alguna de las seis habitaciones repartidas en los tres pisos de esta gran casa. Castiñeiras no dudó en elegir la obra escrita por Laferrère en 1908, pieza que, según cuenta, leyó en San Petersburgo mientras estaba de gira con Quidam, el espectáculo del Cirque del cual participó desde su estreno. Sobre la obra elegida, el director opina: “es muy adelantada a su época porque habla sobre temas de género, sobre el abuso y la conveniencia de vivir en la apariencia”, completa. La puesta hace un atractivo recorte de la historia de una viuda y sus tres hijas que deben rentar los cuartos de la antigua residencia familiar, tratando de sacarle partido a cualquiera de los hombres que las rodean, por cuestiones de supervivencia. Reducidos en el altillo, los singulares personajes de esta versión componen un mundo femenino en permanente fricción. Las intérpretes son Julieta Carrera, Corina Romero y Teresa Murias. La versión pertenece a Alfredo Allende, el mismo que había colaborado hace unos años en la escritura del monólogo que hacía Castiñeiras en su espectáculo Finimondo.

El director y su elenco trabajaron en la misma sala donde luego harían las funciones, un espacio de 4x4 con dos salidas. Una gran araña de caireles sobre el piso junto a una maraña de cables alude a la falta de mantenimiento de la casa, “algo que pareciera ser tarea masculina”, se ríe Castiñeiras. El desbocado comportamiento de los personajes –“como tres pájaros encerrados en una misma jaula”– recuerda al modo de actuación que distinguía al trío que formaban Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese. “Cuando me dicen esto mismo –cuenta el director–, recuerdo las veces que venía de Mar del Plata a verlos a la Fundación Banco Patricios o a Ave Porco: ellos tuvieron mucho que ver con mi decisión de actuar”, sostiene.

–¿En qué consiste su labor docente?

–Doy cursos de clown, como hace muchos años, y otro curso sobre lo que llamo Intérprete físico. En esas clases, la palabra es solamente un boceto: trabajamos con texto pero hacia la búsqueda del movimiento. Entonces no cuenta lo psicológico sino el cuerpo modificado por las acciones que surgen del texto dramático. El actor viene con un cuerpo y se va con otro.

–¿Qué es lo que rescata de esta etapa cumplida con el Cirque du Soleil?

–Fueron años de mucho aprendizaje. Cambiar continuamente de lugar y de público me enseñó mucho. Es muy diferente actuar en una carpa y luego hacer lo mismo en un estadio, para 8000 espectadores. Hay que trabajar la precisión y la síntesis y lograr una proyección mayor.

–¿Cómo se determina en el Cirque... que un espectáculo agotó su ciclo?

–Porque primero gira en carpa varios años y luego pasa a presentarse en estadios, lo que ellos llaman “arena”, donde se pueden convocar a muchos más espectadores. Y luego de un tiempo se decide terminar. Yo no quise estar en la última función de Quidam, así que me volví unos meses antes. Quiero estar acá, quiero dirigir y actuar.