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Gurisa (o el don de la palabra) | Por Gustavo Pecoraro | Notas (Buenos Aires, Octubre 2016)


Generalmente cuando se escribe una reseña de teatro es como obligado nombrar los diferentes rubros (escenografía, iluminación, vestuario, música y coreografía – si la hubiera-).  Anoche, luego de disfrutar enormemente de Gurisa (autoría y dirección de Toto Castiñeiras), uno de sus actores me dijo que era bien fácil de moverla (a festivales y/o funciones en otros teatros) “porque tenemos cuatro tachos”. Me hizo recordar hace varios años cuando un actor transformista me comentó (en relación a otro que lucía lujoso vestuario y pedrería variada) que “el strass se pone verde el talento no”.

Es desde acá que quiero escribir esta reseña.

Ya de por sí el Portón de Sánchez me parece una de las salas más cómodas para ver teatro independiente, esa gran caja negra que tanto aportó a La idea fija de Pablo Rotemberg, o a Los cuerposde Ramiro Cortez y Federico Fontán, o a En la huerta de Mariana Chaud, por nombrar tres de las buenas obras que pasan por su cartelera.

Pero claro, a ese espacio hay que darle contenido. Y ahí entra la magia del teatro, o no.

Gurisa te atrapa desde el minuto cero. Dos actores al borde del escenario se iluminan y cuchichean algo. Llevan unas polleras largas, armadas con trapos que parecen sucios (¿lo estarán de verdad?).

Al fondo otros cuatro actores esperan su turno.

De repente los seis actores son mujeres encerradas en más de un conflicto. Están las indias y las criadas con su pobreza, y están las ricas herederas y su abolengo. Todas casi enterradas en el medio de la nada de algún lugar de la Pampa llana (o quiero imaginar eso).

Se siente el encierro, el entierro y es
a claustrofóbica idea de que no sabemos dónde iremos a parar pero vamos tan felices como inquietados.

La imaginación es algo que también provoca Gurisa.

A mí me dio por ponerle cara a algunas de ellas (ellos). Vi a Alba Mujica y a Graciela Borges. Vi a Batato y a Federico Peralta Ramos. Vi a Tato Bores y a Egle Martin. Vi a Nelly Lainez y a Fidel Pintos.

Y escuché todas sus voces.

Ah, pero no. No es para reírse.

O sí, pero no tanto.

Es que Castiñeiras arma una puesta (su propuesta) donde no necesita más que sólidos y excelentes actores, un texto increíble, y “cuatro tachos”,(en el gran Otelo de Martín Flores Cárdenas en el teatro Regio se luce como actor junto a otros sólidos y excelente actores y otro texto increíble). Nada es casual cuando detrás hay talento.

En Gurisa el grupo de actores está perfectamente ensamblado y en constante apoyo -se sostienen, se aman, se agreden, se mienten, se matan- exponiendo el cuerpo, la voz y la energía en esa hora y pico de teatro del bueno donde Francisco Bertín (la Humita), Marcelo Estebecorena (la Rosa y Mamucha), Nicolás Deppetre (la Marica), Pablo Palavecino (Mary), Juan Azar (el Chancho), y Fred Raposo (el indio y Casimira), nos arrastran de los pelos dentro de una historia de dolores, soledades, amor, sexo, choclos, mazorcas y flechas. Donde la ironía se extiende con elegancia (y es muy de agradecer) sin necesidad de aflautar voces o contornear las caderas (recurso heredado de Huguito Araña y del que alguna vanguardia tan propia no puede correrse).

Acá la Marica y sus cosas se dice con voz de payada, la calentura de la Humita pide -exige- flecha y choclo, la Mamucha y la Mary nos escupen su frustración -literalmente-,  y hasta el Chancho y el Indio (los chongos) se hacen un tiempo para el desplume “mujeril”.

Bertín podríamos decir que es quien relata. Pero tampoco es así.

Castiñeiras nos engaña de nuevo -y se lo agradecemos nuevamente- dando polifonía a las demás personajas. Así la Marica -la doliente y confusa heredera de nada- va pidiendo que no la quiera el Chancho, que ¿para qué?, o la Mary viene a rostrearnos una hidalguía que perdió a base de gin tonic y whisky allá lejos en Londres donde no quedo nada, o la Rosa envidiosa, que se va encerrando en su propia maldad para devenir en bicha y morirse con su propio veneno. Sola y en la nada.

Todo y nada. Infierno y dulzura. Pasión, mentiras, apariencias. Mucho dolor, eso sí.

O algo así es lo que me imaginé.

Confieso que mi ojo marolo estaba alerta en esos cuerpos sudados y a medio vestir. No fue nada frustrante olvidarme del bíceps para escuchar la historia. Algo así como te cambio el contenido pero a la inversa. Te vuelo la cabeza y tus preconceptos. Te sorprendo, puto.

Y eso en teatro -nuevamente me reitero- es de agradecer.

Gustavo Pecoraro – @gustavopecoraro