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Mosaico de lo femenino y lo masculino | Página 12 (4/11/2016)

El actor, director y clown es conocido por su trabajo en el Cirque du Soleil, pero viene realizando puestas en la escena porteña de manera consistente. En ésta pone en juego a seis mujeres que habitan cuerpos de hombre.

Una Pampa electrificada, en tensión, con claroscuros y nada apacible. Un sonido ambiente que oscila entre percusiones, sonidos camperos y electrónicos. Seis mujeres habitando cuerpos de hombre protagonizan Gurisa, un drama desencajado y delirante creado por el actor, director y clown Toto Castiñeiras junto a los actores Juan Azar, Francisco Bertín, Marcelo Estebecorena, Nicolás Deppetre, Pablo Palavecino y Fred Raposo. Ellas llevan ropas claras, polleras y camisas livianas, ondulantes; también algunos ornamentos, pero el look es más trash que glamoroso. El estado emocional también: desolación, abuso, soledad, atracciones varias, ausencia de límites, deseos de partir a otro lado, de ser distinta. Todo estalla entre cuerpos que se sostienen, chocan, se amontonan en un espacio oscuro, iluminado por los reflectores que ellas mismas manipulan. Las voces son fuertes y también se superponen; por momentos cuesta entender lo que dicen. Son como gargantas que escupen necesidades. No resulta una historia complaciente, lineal, ni fácil de digerir. Es encontrarse con un mosaico de cuerpos en pugna (masculinos y femeninos a la vez), corazones abiertos y debilidades varias como fragmentos rotos de un estado desesperado. Claro que el humor y el absurdo campean sobre este enjambre de mujeres que recuerda montajes de Copi y del trío Batato Barea-Alejandro Urdapilleta-Humberto Tortonese. La apuesta parece ser dejarse empapar por energías, palabras e imágenes para armar algún rompecabezas de un territorio reconocible y lastimado.

Castiñeiras viene de girar durante más de una década con el Cirque du Soleil en el espectáculo Quidam. Hacía una rutina de clown que fue cambiando en función de la variedad de países donde se presentaron (más de 170 ciudades) ante decenas de miles de espectadores. En el medio montó trabajos en Buenos Aires (como El susto y Finimondo) y, este año, ya más instalado en la ciudad donde llegó desde su Mar del Plata Natal, estalló su creatividad. Montó Las de Barranco, pieza breve que se destacó en el ciclo Teatro Bombón y ahora, en versión extendida, se ofrece en Timbre 4. Acaba de estrenar en el Teatro Regio el personaje de bufón en el Otelo de Martín Flores Cárdenas, está armando un nuevo unipersonal y este mes comienza a ensayar Sép7imo día, la obra del Cirque sobre Soda Stereo que se estrenará en 2017. Allí tendrá una rutina de clown y un personaje que funcionará como hilo conductor. Mientras tanto, Gurisa desborda de público los viernes a las 23 en el Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034) y suma funciones los sábados a las 21.

“Tenía ganas de trabajar con un elenco de hombres solamente y montar una Celestina criolla, gauchesca. Una obra donde las mujeres tienen algo muy masculino, una fuerza tremenda para convencer al hombre de ciertas cuestiones, con poder para embaucar y negociar”, comenta el director a Página/12. Su modo de trabajo suele combinar una primera etapa de lecturas en solitario y luego, con algunos materiales escritos y líneas argumentales, ir al encuentro de los actores para experimentar e improvisar desde los cuerpos y volver a escribir a partir de esos primeros fogonazos. “Leo en forma desordenada. Esta vez mucho Esteban Echeverría, El Matadero, el Martín Fierro, Don Segundo Sombra, Los cautivos de Martín Kogan, donde se habla mucho del machismo, del gaucho abusador, de esa convivencia en el rancho aislado donde no había un límite en los vínculos familiares. También las cartas de Mariquita Sánchez de Thompson, una mujer muy vinculada al poder y a las novedades culturales que venían de Europa. Su mundo está presente en la obra, esa contradicción entre la crítica a la esclavitud y cierta desconsideración hacia los esclavos”, describe. Con ese bagaje empezaron a improvisar desde secuencias físicas que incluían el equilibrio, la tensión, la resistencia, la posibilidad de sostener y de ser sostenido. Y apareció algo interesante: “Poder dotar a esos cuerpos de algo masculino y femenino a la vez, en el mismo movimiento, como capas superpuestas. Siempre desde el humor, pero después empezó a surgir de todo. No necesitamos parodiar a la mujer o componer un personaje femenino sino algo más complejo: el hombre es directamente una mujer pero con su fortaleza y sus rasgos propios”, señala. Los personajes son como arquetipos: el chancho (la fuerza más masculina), el indio (con una energía algo andrógina), la marica (hija de un terrateniente que lucha entre su legado cultural y las pulsiones hacia un gaucho sin escrúpulos), la hermana inglesa venida a menos, que la visita ya habiendo vendido toda la herencia en Londres, la humita (una púber que quiere tener tetas y fue abusada por un indio), la madre (que oscila entre ser la madre Tierra y la madre de la marica). Algunos tienen mayor peso que otros; algunos asumen más de un rol. Pueden tener su momento de protagonismo, su monólogo, o chocarse con otros, formando cuadros que se iluminan por unos instantes y se desvanecen. “Me gusta el espectador que trabaja, que la obra abra preguntas, que la forma estalle. En este trabajo hay una verborragia tal que por momentos cuesta captar lo que dicen. Pero es así adrede y de eso que se escucha puede quedar una palabra, como el choclo que aparece mucho en la obra y va sugiriendo distintas cosas. Me interesa que el espectador vaya armando su propia historia a partir de lo que va conectando y de su propio imaginario. Me gusta mucho cuando el teatro se vuelve plástico como si fuera un cuadro abstracto, al que uno puede volver varias veces para verlo y descubrirlo”, subraya. En esta pampa caótica y áspera, nada parece estar librado al azar. Las luces, el sonido (es incidental y un músico lo modifica desde la consola en cada función), el vestuario, los textos. Trabajaron durante casi dos años y medio, en forma interrumpida por los viajes de Castiñeiras. “Fue bueno porque el trabajo se fue sedimentando y pudimos ir armando algo tan loco, tan fragmentado pero nada solemne”, confiesa.